No sé, tal vez sin ropa por las calles solo cubierta de miradas, con la sonrisa desprendida y los dientes torcidos, sin esmero de un buen peinado, curva y empinada. Después, sentada en una banca de madera frente a Bolívar, una aromática y el humo ajeno de la nicotina, la piel erizada por la cumbia de la briza y la mirada acongojada y satisfecha.
Los pasos no cesan, de lado y lado se mueven las caderas, la oscuridad es exacta y los hijos de la luna juegan sobre el mar a la pesca.
Sin sigilo y un silbido pero en silencio a las palabras, sin desgracias y sin gracias se deslizan hasta los senos el miedo en lagrimas y se pierden debajo de ellos; los perros yacen durmiendo en las esquinas nadie sabe si tristes, solo unas lagañas le empachan el ojo.
Sentada ahora sobre madera húmeda, verdosa y fría, casi podrida, se mesen las caderas, por debajo azuza el viento; despacio la curva de la espalda se refina sobre las líneas, tabla tras otras hasta hacerse un muelle, el cabello desprendido fingiendo suavidad y deseando que alguien le peine.
Se hace feto el cuerpo, las rodillas sobre su frente aguantan su pesar, los hijos de la luna hacen renacer el color de su piel pálida y mojosa, el rocío prende a llorar y la mirada aun acongojada casi muerta,...ya muerta.
De vez en cuando los peces se dejan pescar.