sábado, 9 de octubre de 2010

1.

El capricho por un vino me desvelo el día, me acomode en el sofá y veía más allá de mis piernas, pensaba en lo estruendoso que puede llegar a ser el silencio, a veces se agitaba, no como una tormenta, sino, como la calma intensa después de ella en el que se estremece el mundo en aparente causa, motivo claro de la ausencia del alma, del cuerpo y la paciencia.

Bailaba el vino tinto en mi vaso donde siempre tomo café, no fue copa rota ni fina cristalería, se sujetaba la oreja en mi mano sin yo hacer ninguna fuerza sobre ella, un poco inclinada, como las revoltosas olas se rebosaba el vino por la boca y después, sin más fortuna deje caer todo entre mis piernas y al sofá.

2.

El obturador se cerró, las piernas femeninas se vieron caminando en calma, con las entrepiernas manchadas en vino tinto y se escondieron detrás del vestidor, entre la luz y el telar blanco de mala calidad se veía un travieso juego de niños, se observaban sonrisas en las siluetas y a veces se desgarraba tanto la imagen que las lágrimas de quien fueran los ojos de enfrente inundaban solo el óculo sin desbordar tristeza. El telar se desvanecía poco a poco y se empezaba a ver aquella mujer; la raza de su ser desato sus cabellos, rizos gruesos y rebeldes, cejas encontradas, ojos grandes pero tristes, nariz perfecta, labios gruesos y atractivos; de su cuerpo, todos rehúsan a buscar palabras y de su piel ni el más amargo café daba hermoso tono e intensidad; el conjunto de su rostro dejaba ver ingenuidad y miedo, pero el cuerpo hasta el final de sus pies desataba lujuria.

Esa noche el mar no se robaba el espectáculo, la luna se ocultó y el negro de la noche contrastaba con el misticismo de esa mujer, resaltar sus piernas al son parejo de los segundos seria como poner a pecar a cada ser.
Los ojos que la ven no pierden de vista el amplio camino que recorre para llegar algún lugar del que sé es el único sitio donde muchos quisieran estar con ella.

Los enormes conejos bigotudos y de cola larga, grises y ruidosos, inquilinos de los huecos mal olientes de la ciudad montaron su escena, cruzaron por los pies de la mujer dos veces entre brincos y corridos, y como animales racionales, mucho más que los hombres a unos pocos metros de ella se detuvieron, miraron su rostro sin gestos de antojos en el tiempo requerido para darse cuenta de eso y siguieron jugando a cada centímetro de sus pies sin condena.
Los ojos que la veían brillaban como si fuera la única estrella de la noche, en cada tramo del camino por donde la mujer pasara los girasoles volteaban a verla sin dormitar sus pétalos, el mar que en calma traía sus historias enviaba suaves olas que después se llevaban el recuerdo de la dama.

3.

Por fin su cuerpo se adentro a un cuadrado cuya luz era media, en la mesa de centro los tulipanes azules se convertían en la atracción por un segundo, con el rechizan de la madera del suelo se entendía la convivencia con los comejenes, y el intenso olor a café era el aroma que siempre cargaba en su piel, así, todos imaginaban su boca desde el punto amargo y simple hasta el más empalagoso jugo de placer. Su sombra empezaba a jugar de nuevo en cada rincón del lugar, las ratas corrían por doquier al son de sus pies; los ojos que la veían por la rendija de una ventana se empezaban a pagar, el sonido de un llanto empezaba a filtrarse a la casa, los pasos de la mujer empezaron a sonar más fuertes, la luz se encendió por completo y de sopetón entro el aire que golpeo el rostro puro y angelical de ella. Las ventanas se abrieron y un hombre tosco y deprimido se hallaba regando la tierra con sus lágrimas, sus manos jalaban sus cortos cabellos y ocultaban sus ojos a la vez, la mujer dio vuelta y salió, ensucio sus pies con arena fresca y se sentó junto a él, busco tranquila la luna escondida mientras el calmaba su llanto y volvía el silencio; así pasó.

La mujer empezó hablar y solo dijo una frase, su vos no era como el sonido de un arpa, ni sus altos los hacía tan fino como un violín pero cada palabra articulada por sus labios ya era el deseo hecho realidad.

4.

– Tienes solo un segundo más para llorar.

Inmediatamente se silencio el lugar, aquellos ojos que la veían se crecieron como luna nueva y brillaron con toda la fuerza. El cabello de la mujer empezó acariciarle rostro mostrando la dirección hacia donde corría la briza, permaneció quieta un rato hasta que el ruidillo de una rata dio entrada a una vos masculina.

– Somos cuerpos opuestos pero al final carne, somos la maldad y el bien, somos deseos reprimidos pero también cazadores de duendes, buscamos la oportunidad a la vista del mal y a la vista de nuestro propio bien obtenemos lo que buscamos.

– La maldad ante todo parece ser reina de los buenos caprichos y de las intensas emociones, la bondad por ser se alía con la maldad y termina en el mismo camino, así que en las buenas o malas acciones no hay validez ético, solo tiene existencia en cuanto la pasión del amor.

Tumbados por un desconsuelo, ornamentados con el canto de los grillos y el bajo de un búho, excluidos por si mismos uno de la vida del otro, la noche empezaba a tomar un color naranja un poco violento, la brisa se atenuaba y se comportaba como un susurro.
La mujer de las hermosas piernas se levanto y entro a la casa, él se hundía a cada minuto entre la tierra dejando ir el pasado, olvidando que ella fue y será su retrato por que la muerte así lo había querido, porque en su muerte así el lo había determinado.
Como un fantasma cada noche llegaba a rogar amor y caprichos y ella simplemente lo dejaba ir con el tiempo sabiendo que en cada luna él la seguiría hasta el regocijo de sus penas y estarían juntos bajo las estrellas entre animales y llanto.

Chantal dormía tranquila pocas horas y desmontaba sus sentimientos ante una cámara fotográfica, día tras día allí se plasmaba su vida.

jueves, 7 de octubre de 2010

Catalina

Caminó descalza más de cinco cuadras,
saludo a cada uno en la vía,
Hola carmen,
Hola Isabel,
Hola Matías,
Hola José,
Hola vida,
Hola muerte.

Con su barroca decoración entre el minimalismo de la naturaleza a la espera de almas y a la espera de nada, Catalina y la muerte rieron sin cesar de vinos, quesos y nueces.
Placentera se hacia la tarde cuando menos calor hacia, las canarias se escondían y la muerte se despedía:

-Adiós Catalina nos veremos otro día.

Catalina camino unas cuadras más,
poco a poco se dormía

¡No te duermas Catalina!

De regreso, con los ojos entre abiertos y cerrados, ni Carmen, ni Isabel, ni Matías, José a lo lejos se veía y la vida una mano le extendía . . .

- Ya llegaste Catalina.