El obturador se cerró, las piernas femeninas se vieron caminando en calma, con las entrepiernas manchadas en vino tinto y se escondieron detrás del vestidor, entre la luz y el telar blanco de mala calidad se veía un travieso juego de niños, se observaban sonrisas en las siluetas y a veces se desgarraba tanto la imagen que las lágrimas de quien fueran los ojos de enfrente inundaban solo el óculo sin desbordar tristeza. El telar se desvanecía poco a poco y se empezaba a ver aquella mujer; la raza de su ser desato sus cabellos, rizos gruesos y rebeldes, cejas encontradas, ojos grandes pero tristes, nariz perfecta, labios gruesos y atractivos; de su cuerpo, todos rehúsan a buscar palabras y de su piel ni el más amargo café daba hermoso tono e intensidad; el conjunto de su rostro dejaba ver ingenuidad y miedo, pero el cuerpo hasta el final de sus pies desataba lujuria.
Esa noche el mar no se robaba el espectáculo, la luna se ocultó y el negro de la noche contrastaba con el misticismo de esa mujer, resaltar sus piernas al son parejo de los segundos seria como poner a pecar a cada ser.
Los ojos que la ven no pierden de vista el amplio camino que recorre para llegar algún lugar del que sé es el único sitio donde muchos quisieran estar con ella.
Los enormes conejos bigotudos y de cola larga, grises y ruidosos, inquilinos de los huecos mal olientes de la ciudad montaron su escena, cruzaron por los pies de la mujer dos veces entre brincos y corridos, y como animales racionales, mucho más que los hombres a unos pocos metros de ella se detuvieron, miraron su rostro sin gestos de antojos en el tiempo requerido para darse cuenta de eso y siguieron jugando a cada centímetro de sus pies sin condena.
Los ojos que la veían brillaban como si fuera la única estrella de la noche, en cada tramo del camino por donde la mujer pasara los girasoles volteaban a verla sin dormitar sus pétalos, el mar que en calma traía sus historias enviaba suaves olas que después se llevaban el recuerdo de la dama.
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