Por fin su cuerpo se adentro a un cuadrado cuya luz era media, en la mesa de centro los tulipanes azules se convertían en la atracción por un segundo, con el rechizan de la madera del suelo se entendía la convivencia con los comejenes, y el intenso olor a café era el aroma que siempre cargaba en su piel, así, todos imaginaban su boca desde el punto amargo y simple hasta el más empalagoso jugo de placer. Su sombra empezaba a jugar de nuevo en cada rincón del lugar, las ratas corrían por doquier al son de sus pies; los ojos que la veían por la rendija de una ventana se empezaban a pagar, el sonido de un llanto empezaba a filtrarse a la casa, los pasos de la mujer empezaron a sonar más fuertes, la luz se encendió por completo y de sopetón entro el aire que golpeo el rostro puro y angelical de ella. Las ventanas se abrieron y un hombre tosco y deprimido se hallaba regando la tierra con sus lágrimas, sus manos jalaban sus cortos cabellos y ocultaban sus ojos a la vez, la mujer dio vuelta y salió, ensucio sus pies con arena fresca y se sentó junto a él, busco tranquila la luna escondida mientras el calmaba su llanto y volvía el silencio; así pasó.
La mujer empezó hablar y solo dijo una frase, su vos no era como el sonido de un arpa, ni sus altos los hacía tan fino como un violín pero cada palabra articulada por sus labios ya era el deseo hecho realidad.
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